Hace 83 años nació Mikhail Tal, el “Mago de Riga”

El riesgo como carta de presentación

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Hace 83 años nació Mikhail Tal, el “Mago de Riga”

Le decían el “Mago de Riga”, pero quizá el mote de “Brujo”, con el que también se le conocía, sea más apropiado. No son pocos sus adversarios que se sentían hechizados o hipnotizados por las jugadas de alto voltaje que realizaba, siempre al filo de la navaja, con el riesgo como eterna carta de presentación.

Las prestidigitaciones que Mikhail Tal realizaba sobre el tablero cautivan aún hoy en día a millones de aficionados que gustan de la táctica. Los sacrificios que hacía el octavo campeón mundial embelesan incluso a los expertos y le han aportado incontables adeptos al juego ciencia.

Tal, nacido en Letonia el 9 de noviembre de 1936 (hoy cumpliría 83 años de edad) se convirtió en su tiempo en el monarca universal más joven al destronar, a los 23 años, a Mikhail Botvinnik, considerado el patriarca del ajedrez soviético.

El acontecimiento se suscitó en 1960, cuando superó a su veterano e ilustre rival, un maestro del juego posicional, con clara ventaja de 12.5 puntos a 8.5. Y lo logró pese a serios problemas de salud que lo acompañaron toda su vida, como la insuficiencia renal, que a los 56 años lo llevó a la tumba, el 28 de junio de 1992, en Moscú, Rusia.

Eso sin contar con las dolencias que le acarreaba su adicción al tabaco (se fumaba hasta dos cajetillas diarias) y el alcohol, que un año después lo llevaron a la pérdida del título en la revancha con Botvinnik. Muchos se preguntan hasta dónde hubiera llegado la grandeza de ese mago sin esos dos malos hábitos y su problema renal.

Los riesgos que Mikhail Tal asumía sobre la palestra cuadriculada enfermarían a cualquiera que no sea adicto a la adrenalina. Sus fulgurantes combinaciones, no exentas de especulación a veces, siempre iban aparejadas con un ingenio mayúsculo y una capacidad de concentración fuera de serie. Sólo a una computadora no podría impresionar.

El ídolo de Letonia no sólo hacía sacrificios menores, sino que varias veces entregó incluso la dama, como en una inmortal partida que disputó en Riga en 1961, cuando era campeón mundial, frente a su propio entrenador, Alexander Koblenz. Mikhail realiza masivos sacrificios y lo inmortaliza con un remate espectacular. En estos días circula en las redes sociales esa célebre batalla con comentarios y un título que refleja bien la situación: “No puedes morir sin antes ver esto. El Mago sacrifica absolutamente todo”.

Desde su nacimiento, Mikhail Nejemievich Tal, su nombre completo, se diferenció claramente de los demás. Tenía sólo tres dedos en la mano derecha, lo que ocultaba metiéndola en el bolsillo de su saco. Poco después de los tres años de edad ya sabía leer y escribir perfectamente, devoraba cuanto libro estuviera a su alcance y resolvía problemas matemáticos. Todo un modelo de precocidad.

Considerado por muchos como “el mejor atacante de la historia” (con el perdón de Alexander Alekhine), Tal vio la primera luz en el seno de una familia judía y, pese al mencionado defecto en una mano, tocaba muy bien el piano. En especial interpretaba composiciones de Chopin, Tchaikovsky y Rachmaninof. Aprendió a mover los trebejos a los ocho años viendo jugar a su padre, médico de profesión, pero no fue sino hasta los 17 años que se enfrentó por primera vez a un gran maestro. Seis años después se ceñiría la corona mundial. Un hecho sin precedente.

Aunque perdió el cetro universal en 1961, los grandes éxitos continuaron adornando la carrera excelsa de Mikhail y, pese a sus deficiencias de salud, estableció un récord de 83 encuentros sin ser derrotado, entre 1972 y 1973, logro que hoy han superado algunos. Durante esa racha victoriosa, se coronó en cinco grandes competencias consecutivas, incluso el Campeonato Soviético. En 1979 compartió con Anatoly Karpov el puesto de honor en el Torneo de las Estrellas, en Montreal, Canadá.

Hay quien niega que el estilo de Tal haya sido especulativo, pero el propio “Mago de Riga” arroja luz al asunto en una cita que ha dado la vuelta al mundo: “Hay dos clases de sacrificios: los correctos y los míos”.

Como colofón, otras dos frases que quizá expliquen mejor que nada los riesgos que él asumía sobre el tablero: “Si te limitas a esperar por la suerte, la vida se vuelve muy aburrida”. Y la otra, al parecer más certera: “No voy a negar que me encanta escuchar las reacciones de los espectadores tras sacrificar una pieza o un peón. Creo que no hay nada malo en eso; ningún artista o músico es indiferente a las reacciones del público”.

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