Alexander Kazantsev

Más allá de la palestra

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Alexander Kazantsev, el Julio Verne del ajedrez 

Los finales artísticos del ruso Alexander Petrovich Kazantsev no son para simples aficionados. Cada una de las 130 obras de este maestro internacional de composición es un quebradero de cabeza para los bisoños. 

Eso sí, una vez resueltos o consultada la solución, es profundamente placentero comprobar una y otra vez el camino recorrido hacia la meta, con todas sus variantes, que son un torrente de enigmas y sorpresas. Todo invita a regodearse en el repaso de las secuencias. 

Necesariamente, según la opinión de expertos, uno adquiere un nivel más elevado si se aplica en el esfuerzo de analizar a conciencia este tipo de estudios. Y más si se considera que Kazantsev con frecuencia unía su talento con algún otro grande de su tiempo para crear obras conjuntas. 

Con sólo su creación de esos estudios, el eslavo, nacido en un día como hoy, 2 de septiembre de 1906 en Akmolins (actual Astaná y entonces Rusia Imperial), ya tenía suficiente para pasar a la posteridad. Sin embargo, alcanzó mayor notoriedad, y mundial, en otra materia. 

Como informamos hace exactamente un año en la nota “Entre ovnis, alfiles y dinosaurios”, este héroe de guerra soviético, que combatió a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, trascendió más como escritor de ciencia ficción y ufólogo. 

Fue un gran impulsor de la astroarqueología, línea que retomó el suizo Erich von Daniken, el más famoso a nivel mundial en ese aspecto. A la manera de Julio Verne, fue un científico que se volcó hacia lo fantástico. 

Entusiasta de lo desconocido y pionero de la ovniología soviética, sus escritos literarios abordan polémicas teorías científicas. Pero demostró ser tan visionario frente al tablero como fuera de él. Algunas de sus ideas comenzaron a concretarse décadas después de que las expuso. 

Entre ellas puede citarse el túnel bajo el Canal de la Mancha, que ya se construyó, y la utilización del efecto de súper conductibilidad para la acumulación de energía, lo cual propuso en su obra “La isla en llamas”, publicada en 1939. 

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