Rudolph Charousek

Excéntrico y enfermizo

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Charousek copió a mano un libro de 500 páginas

Hace 120 años, el 18 de abril de 1900, murió a sus escasas 26 primaveras un gigante del ajedrez poco conocido: Rudolph Charousek.

Aunque sólo participó en cuatro grandes torneos internacionales, este húngaro nacido el 19 de septiembre de 1873 en Praga, Checoslovaquia, en el seno de una familia judía, fue señalado por los expertos de la época como un fuerte aspirante al campeonato mundial.

Su prematuro fallecimiento, por tuberculosis, evitó que el primer súper estrella de Hungría se convirtiera en uno de los más grandes exponentes del juego ciencia.

Una anécdota sobre el europeo, a quien se le llamaba el pequeño gigante por ser menudo de cuerpo, refleja la pasión irrefrenable que sentía por el ajedrez. La relata, en una de sus miles de crónicas a lo largo de más de 40 años, el periodista y árbitro internacional cubano José Luis Barreras Meriño.

“El comienzo del estudio de la teoría del ajedrez por Charousek es interesante, de hondo sentido humano: deseaba poseer el libro ´Handbuch des Schachpiels´, que ejerció gran influencia en el desarrollo del ajedrez a finales del siglo XIX y primeros decenios del siglo XX, y como no tenía dinero para comprarlo, lo copió a mano”.

En una nota intitulada “Un pequeño gigante intranquilo”, el antillano consigna que ese tomo, compilado por Paul Rudolph Bilger en Berlín en 1840 y dado a conocer tres años después por Von der Lasa, constaba de 500 páginas: 376 dedicadas a las aperturas y 124 a los finales de partida. Así de grande era la sed de conocimientos de Charousek.

No obstante el poco tiempo que estuvo en las competencias de primer nivel, el húngaro demostró su clase estelar, una mezcla de romanticismo y precisión. Ya desde su estreno en el famoso torneo de Nuremberg 1896, se consagró al derrotar al monarca reinante, el alemán Emmanuel Lasker.

En ese mismo calendario, Charousek compartió con Mikhail Chigorin, patriarca del ajedrez ruso, el primer puesto en el torneo de Budapest. Al año siguiente se coronó en el torneo de Berlín y en 1898, su última competencia, quedó tercero en Colonia. En ese póquer de citas se enfrentó a los mejores jugadores de la época.

Además de una constitución física endeble (era enfermizo desde muy joven), Charousek adolecía de unos nervios poco templados (“intranquilidad exagerada”, califica Barreras Meriño en su nota). Eso le hacía correr de un lado a otro en la sala de juego después de realizar su jugada, a fin de ver qué pasaba en los otros tableros.

En este aspecto, califica Barreras, “es, junto a Rubinstein y Nimzovitch, una de las personalidades más excéntricas en la historia del ajedrez”.

En el torneo de Berlín 1897, el maestro polaco Simon Winawer, desesperado por los continuos desplazamientos de Charousek, le pidió que se quedara sentado en su lugar, a lo que este le contestó que ningún reglamento le prohibía levantarse. Exasperado, su rival le espetó: “Ya lo sé, pero me gustaría saber con quién estoy jugando esta partida”.

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